“Tus lágrimas son gotas de dolor que van
borrando la sonrisa de tu dulce paz.
Yo sé que fue el arrullo de una voz,
mas luego te mintió.
Ya ves… ingenua si comprendo tu dolor.
No dejes que la decepción
retarde los latidos de tu corazón.
Y vuelve, como antes, a reir,
olvida tu sufrir…
que ronda un nuevo amor en pos de ti…”
“A partir de la turbulenta década del 60, las orquestas típicas fueron disolviéndose. Como era muy costoso contratarlas, los clubes y salones empezaron a recurrir a las grabaciones. En el interior, adonde nunca llegaban las orquestas, ya usaban ese soporte. Por lo general, la tarea quedaba en manos de un empleado del club o de un socio aficionado. “Ignoro cómo trabajarían, si habría dos bandejas o sólo una, pero lo cierto es que el club usaba sus propios discos y que anunciaban el programa en una pizarra -explica Gabriel Soria, vicepresidente de la Academia Nacional del Tango-. Colocaban, por ejemplo: ´Esta noche, baile con Osvaldo Pugliese´. Eso era un poco engañoso, porque Pugliese no estaba en persona. Otros lo aclaraban, pero al pie: ´Esta noche bailamos con Juan D´Arienzo´. Y más abajo se leía: ´Con selectas grabaciones´. Tengo varios ejemplares de pasta y de vinilo con el sello del Club Atlanta, entre otros.”
La llegada del long play inició una revolución y con el tiempo dio origen a la tanda, concepto que hasta el momento no existía. Antes hubiera sido imposible integrar la producción de todas las orquestas en una misma noche. Primero se pasaba material de una sola agrupación, pero variando el repertorio según las épocas de sus grabaciones, hasta que finalmente surgió una norma o rutina única, que en general consiste en alternar secuencias de cuatro tangos, tres valses y tres milongas, separadas por breves cortinas de otros géneros musicales, como jazz, bossa nova , boggie-woggie , rock nacional, pop y, a veces, cumbias…”
“El bailarín no puede sacar a bailar a una mujer si está en la mesa acompañada por un hombre, a menos que ese hombre salga a la pista primero con otra bailarina. La mujer en ese caso es “propiedad privada”.
Tampoco puede acercarse a la mesa de la bailarina para invitarla a bailar. Desde donde esté sentado o parado deberá hacer un gesto con la cabeza, lo que se llama “cabeceo”, y, si ella acepta, sólo entonces él podrá ir a su encuentro. Ella nunca debe ir hacia él. Esta costumbre le evita al hombre el mal momento de la negativa y es una manera democrática de competir por las bailarinas…”
Malena canta el tango como ninguna
y en cada verso pone su corazón.
A yuyo del suburbio su voz perfuma,
Malena tiene pena de bandoneón.
Letra: Homero Manzi - Música: Lucio Demare