
Cantor
(6 de enero de 1922 – 24 de febrero de 1999)
Roberto Rufino adoraba a Buenos Aires, ciudad a la cual le escribía cartas como si fuera un ser viviente.
Antes de una gira a Perú, en 1985, Rufino le escribió:
“Amada mía:
Te escribo para que mis palabras las sueltes por tus veredas y tus calles como hojas caídas en cálido otoño.
Yo, que nací en tu barrio del Abasto, te recorrí y siendo todavía un chiquillín de pantalones cortos cantaba tus tangos y recalé junto a Antonio Bonavena… y a mis 17 años Don Carlos (Di Sarli) me atrapó en su orquesta y encerró mi voz por primera vez en el disco Corazón.
Yo, que fui descubriendo otros hermanos: Armando (Pontier), Enrique (Francini)… Al gran ‘Pichuco’, que fue mi amigo, mi hermano, mi otro padre; con él aprendí a ser bueno, a cantar con fraseos del ‘cuore’. A Juan D’Arienzo, que cuidó en las noches de tertulias y fue padrino de un hijo mío… Sé que me olvido de tantos que son parte de mi, que nutrieron y nutren mis células con la savia de su afecto, y que me aman y los amo a todos.
Yo suelto con mi canto el amor por ellos y por tí, y recojo ese encanto al recibir la mirada dulce, el gesto cariñoso de los niños en las escuelas cuando voy a cantarles, de tu gente que me para por las calles.
Yo, en este mensaje que te tiro, ciudad bien amada, me fundo con mis padres (mi vieja ya tiene 92 años), mis hermanos, mi esposa, mis hijos, y mi nieta.
Y ahora que vuelvo a irme a Perú y estaré ausente por más de treinta días. Te prometo traerte el manojo de aplausos que por la magia del tango nos regalarán nuestros hermanos.
Hasta la vuelta. Siempre tuyo. Roberto Rufino”
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(Fuente: “Roberto Rufino. Su vida y su obra“,
Perla L. de Rufino y Pedro A. Colombo)